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Una vida de perros. La vida II.

P2170015En otras ocasiones el resultado no es del todo lo que se esperaba en esto de traer una nueva vida al mundo. Recuerdo cuando era estudiante de veterinaria y dedicaba parte de mis vacaciones a realizar prácticas en una clínica veterinaria. Qué bien se trabajaba antes, sin tanta presión como tenemos hoy día y siempre con tiempo para, una vez terminada la jornada, acercarnos varios compañeros al bar de al lado de la clínica para charlar, tomar una cervecita y jugar unas partidas a los chinos.

Uno de esos tranquilos días, cuando nos disponíamos a salir de la clínica, apareció un cliente muy conocido que traía a Kira, una perra bóxer de muy buen pedigree  y que tenía problemas para parir. Kira llevaba ya mucho rato haciendo esfuerzos para parir pero sin ningún resultado. Esto es lo que se conoce como un parto distócico y se considera una urgencia veterinaria por lo que pasamos rápidamente al interior para realizar una exploración a la sufrida madre. Tras subir a Kira a la mesa de exploración, con bastante tranbajo pues Kira era una perra bastante grande y con un abdomen que tenía la apariencia de un tonel de vino, Alejandro, que era el veterinario con el que yo hacía las prácticas, determinó que había que intervenir a la paciente y realizarle una cesárea.

-Mariano- le dijo al propietario de la rolliza perra-, hay que operar a Kira así que vete a casa o date un buen paseo pues esto nos llevará un buen rato.

– Ni hablar de eso, Kira es mi mejor perra, la quiero mucho y deseo estar con ella y ayudar en todo lo que haga falta-contestó Mariano con firmeza.

Hace años las clínicas no eran ni mucho menos lo que hoy en día. Tenían un equipamiento básico en el que el mayor avance era el equipo de radiología. Tampoco había personal especializado como lo hay hoy para ayudar en la consulta y en el quirófano. Todo era mucho más familiar y hoy en día nos echaríamos las manos a la cabeza al contemplar tal panorama con Alejandro de cirujano y Mariano y yo de ayudantes.

-Por favor, Alejandro, saca adelante los cachorros de Kira, que me ha costado Dios y ayuda encontrar un macho con un pedigree casi tan bueno como el de ella para que ahora todo quede en agua de borrajas- suplicó Mariano, consiguiendo de camino ponernos un poco más nerviosos.

Preparado todo el material procedimos a anestesiar a Kira y comenzamos la operación. Todo se iba desarrollando según lo previsto y yo calladamente agradecía la presencia de Mariano pues la matriz de Kira parecía un salami gigante, ya que dentro había diez perritos que tenían ya un tamaño casi como el de un Yorkshire adulto y nos faltaban manos para poder mantenerla en su sitio. De reojo miraba a Mariano y me dí cuenta de que su cara estaba adquiriendo una tonalidad verdosa, muy similar al de las iguanas, pero ahí seguía él firme, controlando inquisidoramente todos nuestros movimientos y dispuesto a saltar sobre nuestras yugulares si cometiésemos un error que le ocasionara una pérdida de valor incalculable.

Comenzamos a extraer los cachorros de la matriz y yo me dediqué entonces a quitarles la bolsa amniótica, atar y cortar los cordones umbilicales y limpiar de secreciones las vías aéreas para que los cachorritos pudiesen respirar con normalidad. Aunque hoy en día ya contamos con aspiradores para tal fin, antes era normal el hacer esto cogiendo al cachorrito entre las dos manos y sujetando bien su cabecita realizar movimientos de arriba a abajo como si estuviésemos cortando leña con un hacha. De esta manera salían las secreciones y el cachorrito ya empezaba a gimotear  abriendo paso  al aire hacia el interior de sus pequeños pulmones.

Cuando ya había repetido esta operación cinco veces y acababa de atar el cordón umbilical del sexto cachorrito, Alejandro me pidió ayuda para poder ligar una arteria que estaba dando un poco de guerra y no quería dejar de sangrar. Dejé el cachorro en manos de Mariano y me puse a ayudar a Alejandro. Atentos a lo que estábamos haciendo dejé de prestar atención a Mariano cuando nos sobresaltó un terrible estruendo de cristales rotos procedente del laboratorio.

Aquí debo hacer un inciso para comentar cómo era la disposición de la clínica de Alejandro. De la sala de espera se pasaba a una pequeña recepción, por donde se accedía a la sala de consulta, que era donde se visitaban los casos y que también hacía las veces de quirófano. Hablamos de hace ya unos treinta años y aún no era común el tener las clínicas distribuidas como hoy en día, con salas perfectamente dispuestas para la consulta, la hospitalización, el quirófano aislado y demás. La sala de consulta de Aleejandro medía unos cinco metros de largo, con un gran ventanal que daba a la calle en un extremo y una puerta que daba a la sala de recuperación en el otro. De esa sala de recuperación se accedía al laboratorio, en cuya pared enfrentada al ventanal de la consulta, se apilaban muchísimos botes, botellas y utensilios variados para la consulta embutidos como mejor se podía en las numerosas estanterías.

Justo de esa zona del laboratorio era de donde procedía el estruendo que casi consigue sacarme el corazón por la boca. Los tres nos miramos con expresión interrogante. Mariano bajó los ojos y volviendo a utilizar su naturaleza camaleónica su cara viró del verde al blanco y de ahí a un intenso rojo granate que nos hizo temer que padeciera un grave ataque de hipertensión.

-¿Qué demonios ha sido eso?- explotó por fin Alejandro sacándome de mi estado de estupor-.

-Creo que se han caído las estanterías del laboratorio. Ni que hubiese habido un terremoto-le contesté aún tembloroso pero sin soltar las pinzas que estaban conteniendo la hemorragia-.

-He sido yo-dijo una voz casi inaudible que parecía salir de la boca de Mariano-. Bueno yo exactamente no. Ha sido un cachorrito.

-¿Un cachorro?-exclamamos al unísono Alejandro y yo sin llegar a comprender lo que estaba ocurriendo-.

-Se me escapó, lo siento mucho-dijo tembloroso Mariano y con una expresión de cordero degollado-.

-¿De qué perro estás hablando?-decía Alejandro mientras me miraba a mí y también a los cachorritos que íbamos poniendo en una manta una vez que los habíamos acabado de arreglar-. Creo que no es un buen momento para gastar este tipo de bromas.

-Que no Alejandro, que no es una broma, ni falta que me hace. Es el cachorro que me ha dado Manuel. Quería ser útil y echar una mano con los perritos y como he visto cómo los sacudía para que echaran fuera esa cosa que no sé ni cómo se llama, lo he hecho yo y se me ha escapado-dijo Mariano casi en un susurro.

¿Que se te ha escapado?¿Qué es eso de que se te ha escapado?-le preguntó un Alejandro que también empezaba a adquirir una coloración un tanto peligrosa-.

-Pues eso, que se me ha escapado al sacudirlo y ha ido a parar allí-dijo Mariano mientras señalaba las estanterías del laboratorio, a una distancia de unos cinco o seis metros de la mesa de quirófano y dos puertas después-.

Alejandro y yo nos miramos sin saber qué decir. Él se puso a terminar de coser la matriz de Kira y yo acabé de limpiar los perritos que faltaban mientras que Mariano se diriió al laboratorio a por el perrito volador. Desgraciadamente, cuando recuperó el cuerpo desmadejado de entre el caos en el que se había convertido el laboratorio, ya sólo se pudo confirmar la desgracia. Certificamos la trágica muerte del perrito y continuamos con lo que nos quedaba por hacer.

Acabamos la cirugía y al poco ya estaba Kira despierta de la anestesia, lamiendo a sus nueve perritos, completamente ajena a la tragedia que acabábamos de vivir y con una cara de satisfacción ante su numerosa prole. Pasado un rato, comprobando que tanto la madre como el resto de los perritos estaban en perfecto estado, se les dio el alta para que pudiesen regresar a casa. Nos despedimos de Mariano, quien aún avergonzado por los extraños sucesos no quería mirarnos a los ojos pero a quien se le notaba una sonrisa, imagino que de felicidad, pues se iba a casa con una madre y nueve cachorritos de alta cuna, todos en perfecto estado de salud.

Alejandro y yo acabamos de recoger y limpiar las cosas, cerramos la clínica y nos dirigimos al bar a tomarnos una cervecita y, ya más relajados, comentar esta increíble experiencia. Y es que, como Alejandro me decía, en esta profesión siempre se aprende algo nuevo e imagino que por eso una de mis primeras adquisiciones para la clínica fue un aspirador.

Manuel Olivares, veterinario de la Clínica OLIVARES y tuveterinario.info/tuveterinario

 

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