Una vida de perros (VIII). El «síndrome Pinocho»

Una vida de perros.

Una vida de perros.

Una vida de perros (VIII). El «síndrome Pinocho». Más de una vez habremos escuchado la expresión » sólo los niños y los borrachos dicen la verdad». Particularmente estoy de acuerdo en la primera parte, la referente a los niños, pues en relación a la segunda creo que, cuando uno bebe de más, no dice verdades sino tonterías.

Esto viene a raiz de lo que sucede con mucha frecuencia durante las visitas al veterinario. En muchas ocasiones, al preguntar el motivo de la visita, los propietarios, desconozco el motivo, nos ocultan información que puede ser importante para la solución del caso. Así, por ejemplo, preguntas sobre si el perro ha vomitado y el padre lo niega categóricamente para, inmediatamente, escuchar una débil vocecilla proveniente de un incrédulo niño: «papá, pero si Coki vomitó anoche y un poco esta mañana». El padre, intentando ocultar su sonrojo, dice que él no tenía noticia de ello pero vuelve a escucharse la tímida e infantil voz que afirma: «pero si has sido tú quien lo ha limpiado».

Recuerdo que hace tiempo llegó a la consulta una pareja joven que traía en sus brazos un pequeño perro mestizo. Pasamos a la sala de consulta y me dispuse a iniciar el reconocimiento de Pequi, que así se llamaba el pequeño paciente. Pequi estaba tumbado en la mesa, muy deprimido, con escasa respuesta a los estímulos, con un corazón que latía un poco más lento de lo normal y con las pupilas completamente dilatadas.

-Esto no es nada normal- les comentaba mientras daba vueltas a mi cabeza intentando averiguar el origen del estado de Pequi-. -Que esto aparezca así, de repente, sin una causa justificada no es normal. Es un perro joven, sin ninguna enfermedad  y sin antecedentes de nada. ¿Ha podido tomar algo en la calle, algo como alguna planta, por ejemplo? ¿Le ha podido picar algún bicho como una abeja?

La pareja negaba todas mis preguntas pero tampoco es que me ayudaran a orientar el problema. Como no daba con la causa del estado deprimido de Pequi les comenté que lo mejor era proceder a realizar una analítica de sangre y un estudio electrocardiográfico. El muchacho miró a su pareja y luego a mí, me pidió que esperase un momento y salió de la sala de consulta con la chica dejándome completamente extrañado ante la forma en la que se estaba desarrollando la consulta.

A través de la puerta oía a la pareja hablando entre ellos, intentando elevar la voz para evitar que les escuchara en su deliberación. Sólo puede entender algunas palabras sueltas tales como: «mejor sería decirle la verdad», «no pasa nada por contárselo», «será mejor para Pequi». Tras unos minutos de tensa espera los jóvenes regresaron a la sala de consulta y la chica fue la que tomó la palabra.

-Mire, mejor le voy a contar la verdad- decía con voz apurada la avergonzada jovencita-, estábamos a mediodía en casa, con unos amigos. Nos estábamos fumando unos porretes y a Juan se le cayó una china bajo la mesa y no le dió tiempo a recogerla antes de que Pequi se la comiera. Creíamos que no le pasaría nada y no le dimos importancia hasta que nos dimos cuenta que no podía ni levantarse de su manta.

Maldición. Así que era eso. Yo estaba exprimiendo mi pobre cerebro buscando el motivo de que Pequi estuviera de esa forma y resulta que lo que tenía el pobre animalito era un «colocón de mucho cuidado». Mientras yo pensaba esto, el muchacho tomó la palabra.

-Doctor, perdone por no haberle dicho la verdad pero es que me daba mucha vergüenza decirle que el perro se había comido el «chocolate». Ya sé que es una tontería y ahora me doy cuenta. ¿Le va a pasar algo a Pequi?- preguntó ahora, preocupado por la salud de su perrito.

-Ya que sé el origen de su estado no tenemos por qué preocuparnos. Imagino que ya seguirá así el resto de la tarde y poco a poco se irá recuperando conforme vaya pasando el efecto. Sí que os digo que debéis tener cuidado pues, aunque no es frecuente, puede surgir algún problema con estas intoxicaciones y además también puede ser que en vez de Pequi pudiera haberse tratado de un niño pequeño, lo que además de peligroso, podría acarrearos  otro tipo de problemas muy serios.

Una vez solucionado el problema los dos chicos, bastante más tranquilos, salieron de la clínica, con un «colocado» Pequi, que seguro que de los cuatro era el que más tranquilo había estado.

En este caso de síndrome de Pinocho, la causa de no quererme contar la verdad era la vergüenza que le daba a los dueños decirme que fumaban porros, pero en otras ocasiones niegan con tanta vehemencia alguna posibilidad que les planteo que incluso llegan a hacerte dudar de tus conocimientos.

Hace unos años vino a la clínica una chica extranjera que estaba de intercambio y que traía a su gato Garfield pues hacía varios días que lo veía raro. Ya en la sala de consulta empecé a preguntar acerca de su alimentación, comportamiento, eliminación y otras preguntas que fueran orientándome en el diagnóstico del trastorno que sufría el gato.

-Mira, la barriga no me deja explorarla bien, no sé si porque le duele o porque no le gusta que le toque. Ya lleva varios días sin comer y sin defecar y a lo mejor tiene algo en el tubo digestivo. Creo que lo mejor sera hacerle una radiografía para ir descartando cosas.

Cuando acabé de hablar la chica empezó a negar con la cabeza de forma rotunda y mirándome como si yo estuviese loco por plantear que su gato podía tener algo en la barriga.

-Imposible que Garfield se haya comido algo raro. Le tengo muy cuidado y no dejo que tenga a su alcance cosas peligrosas. Mándele algo y ya verá cómo se pone bueno enseguida- me dijo con mucha más autoridad de la que yo podía pensar para la edad que aparentaba-.

Le receté a Garfield una comida digestible y le dije a su autoritaria dueña que si en un par de días no estaba mejor o si notaba cualquier cosas extraña antes, me informase de inmediato.

A los cuatro días volvió a a aparecer la joven por la puerta de la clínica. Venía con Garfield en su transportín y venía maullando sin parar. Pasamos a la sala de consulta y le pregunté a su dueña sobre la evolución del paciente. Me dijo que seguía sin comer, no defecaba y que desde ayer también estaba vomitando. Saqué al debilitado Garfield de su encierro y se veía claramente que su estado había empeorado. Estaba más delgado, con un pelo descuidado y muy deshidratado. Intenté explorar su barriga pero seguía sin dejarse por lo que volví a plantearle a su dueña la realización de una radiografía que nos dejara tranquilos. Ella volvió a mirarme como si yo no tuviese ni idea de lo que estaba diciendo pero, como puse tanto interés, al final conseguí convencerla.

Garfield estaba nervioso y no dejaba cogerse para hacer la radiografía por lo que al final tuve que sedarlo un poco. Cuando se quedó mas relajado pude explorar su abdomen con toda la tranquilidad necesaria y enseguida advertí que se palpaba algo. Tenía todo el aspecto de haber lo que llamamos un intestino en acordeón debido a la presencia de un cuerpo extraño lineal. Procedí a hacer la radiografia pero en ella no se apreciaba ningún objeto salvo la masa formada por el intestino plegado y apelmazado. Cuando en una radiografía se ve un cuerpo extraño opaco, como puede ser una piedra, el propietario del animal te cree sin problemas pero si el objeto es radiolúcido no se ve y sólo lo intuyes por lo que ocasiona su presencia, como es un acúmulo de aire y ese intestino plegado que comentaba. Hoy en día ya se ha generalizado el uso de la ecografía y esto facilita mucho el diagnóstico de esos procesos, pero yo aún no tenía ecógrafo en aquellos años.

Como la dueña de Garfield era incrédula, más que santo Tomás, me costó Dios y ayuda convencerla de que lo mejor era intervenir a Garfield ante la certeza que yo tenía de que allí había algo.

-Doctor, es imposible que Garfield se haya tragado algo pues no me falta nada en casa y además nunca, nunca dejo cosas peligrosas a su alcance- me decía indignada ante mi insistencia sobre la presencia de un objeto en el intestino del gato.

La dueña de Garfield se marchó a casa y yo procedía a preparar el quirófano y operar al pobre animal. Cuando abrí el abdomen y palpé el intestino todo quedó más que corroborado. ¡Allí había algo! Abrí el intestino  y con una pinza cogí algo oscuro que ahí se veía. No tenía ni idea de lo que podía ser hasta que saqué cosa de un centímetro de cinta de color negro. ¿De qué se trataba?¡ Claro que sí, ya caigo, era un trozo de cinta de cassette, un pequeño trozo de unos…. tres metros de longitud que requirieron paciencia y dos incisiones más para acabar de extraerla.

Una vez extraida la cinta suturé el intestino y el abdomen y pasé a Garfield a la sala de recuperación, donde no tardó mucho en empezar a despertar, momento en que pasé a avisar a su dueña para que pasase por la clínica. Cuando llegó lo primero que hice fué enseñarle a su querido gatito y una vez que vió que estaba despierto pasamos a la sala de consulta.

– Bueno, había alguna cosa en su barriguita? preguntó como con sorna esperando obtener una respuesta negativa por mi parte.

-Pues la verdad es que sólo he sacado esto- le contesté con expresión triunfante mientras le enseñaba una bandeja con los tres metros de cinta de cassette.

A la jovencita desconfiada se le mudó el rostro, que en cuestión de segundos adquirió un tono rojo escarlata que contrastaba con su pálida tez blanca, característica de su pais de procedencia.

-Así que estaba ahí- dijo con voz apenas audible y desviando la mirada-. No me puedo creer que la cinta esté ahí.

– Cuánto hace que pudo tragarse la cinta?- le pregunté con curiosidad para ver la duración del proceso.

– Hace dos semanas lo pillé jugando con la cinta, que se me había olvidado en la mesita de noche. Yo creía que sólo la había roto. No me podía imaginar que se hubiese tragado ni un sólo trocito y, mucho menos, tres metros.

Garfield se marchó para casa esa tarde, en brazos de su contenta, agradecida y avergonzada dueña, quien no dejaba de pedirme perdón por no haber confiado en mí. La verdad es que cuando las cosas acaban bien y los animales regresan sanos a sus hogares y ves la expresión de felicidad de sus amos, te sientes más que recompensado y olvidas que acabas de vivir un nuevo caso del síndrome de Pinocho.

Aprovechamos para recordaros que en la Clínica Veterinaria OLIVARES (Granada) ponemos a vuestra disposición nuestro Servicio de Urgencias 24 horas, así como el teléfono de consulta que aparece en nuestra página (tuveterinario.info), también operativo las 24 horas para que podáis solucionar todas las dudas que os surjan sobre este o cualquier otro tema relacionado con la salud y cuidados de vuestros animales.

Manuel Olivares Martín, veterinario de la Clínica Veterinaria OLIVARES (Granada) y de tuveterinario.info

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